el "R" express.

"Si cerramos la puerta a nuestros errores, también la verdad quedará afuera"

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Nombre: richi
Ubicación: Barrio de la Bohemia "Bellavista", en Santiago del Nuevo Extremo, Chile lindo., Región Metropolitana, Chile

Varón, heterosexual a mucha honra, adulto medio y con capacidad de asombro.Idealista y soñador. Amante del estudio, voraz lector, incansable caminante por la vida y las vías de mi ciudad; las relaciones con los seres humanos. Gustador del Cine de calidad, de la lectura, de la naturaleza y su belleza, los animales y flores, la fuerza y misterios de la Vida, la conversaciòn con otros. Sociabilizar, aunque de repente, contemplar y/o meditar en soledad.

jueves, diciembre 22, 2011

Mis Raìces.




¿No es una canción del trovador español Joan Manuel Serrat, inspirada en uno de los grandiosos poemas de Machado que dice algo así como “Mi infancia se remonta a un patio de Sevilla, donde florece el limonero…”?

En el desgranar de su letra, hay un vigoroso pero vívido y tierno llamado de las raíces que todos tenemos, ese fuerte sentido de pertenencia y de identificación ya sea con nuestro país, nuestra región, ciudad, barrio y en última a la vez que primera instancia, con nuestra casa.

Necesitamos de nuestra historia, de pertenecer a algo, alguien. Nuestra condición de primates sociales grita más fuerte que el barniz de civilización, educación y condicionamientos que nos abruman.

En Bellavista, concretamente en la calle Capellán Abarzúa conocida antes como Sofía Concha ( el N°3) – al que también se le mentaba como “El Pueblito de Bellavista” por sus tradicionales viviendas de fachada continua, vecinos y costumbres-, y en donde en los atardeceres, mientras el sol languidecía mandando su débil y dorada luz a través de ventanales, visillos y postigos, un repicar armonioso y ditonal de campanas de la parroquia de La Epifanía agitadas entusiastamente por algún rapaz del sector, nos indicaba que “el cura Lorenzo” estaba dispuesto a reunir a su grey frente al Santísimo, ya sea para orar o celebrar misa de siete.









El “almacén grande”, que estaba a pasos en la esquina de enfrente y atendido por el Rodolfo, mantenía un constante fluir de vecinas en busca del cuartito de aceite, el medio kilito de azúcar, la jarra de “litriado”, el puñado de té, el pan, mantequilla y un “cuantuay” de cosas que faltaban en sus hogares, ya sea para disfrutar de unas ricas y honestas “onces” o para preparar el yantar del día siguiente, mientras nosotros, los que vivíamos aún nuestros verdes años, considerábamos toda una proeza y bendición el haber conseguido, sustraído, pedido o cómo fuera, dinero para saborear un rico helado, generalmente de agua doble.

Si no acudíamos al llamado del clérigo , nos organizábamos en la calle, -bajo la atenta mirada de las señoras que tenían la costumbre propia de los barrios de entonces de sacar algunas sillas a la puerta de calle, para allí saludar y ver pasar junto a las horas de la tarde, a los vecinos que venían de vuelta de sus cotidianas labores-, para jugar una apasionada y vibrante “pichanga” entre mis hermanos y los vecinos de la casa del lado.

Ellos contaban con el hermano mayor, “el chere”, que tenía las habilidades más desarrolladas en el arte de perseguir, birlar y acertar con una pelota dentro del arco formado por el poste de alumbrado público y otra marca que indicaba la longitud del mismo. Era de escuchar y conocer las discusiones, desentendimientos o precauciones con los autos que pasaban por ahí, cuando algunos decían ¡¡Gol!! o bien, ¡¡Fuera!! o ¡¡auto, auto!! en que muchas veces determinaban el final de la ardua disputa deportiva callejera y ya con los rostros, cuerpos y almas sudorosos, pues… calabaza calabaza, todos para su casa.

Si no había la defendida “pichanga”, conversábamos entonces con nuestros vecinos el Jorge, la Marcela, el Milan que era el hijo menor de los Yugoeslavos dueños de la única carnicería del barrio o cualquier otro que se nos acercara, las más disparatadas ocurrencias o el comidillo de la televisión con sus modestas dimensiones de entonces en que “Don Gato y su pandilla” , “El oso yogui”, “Los Picapiedras”, “Sábados Gigantes” y otros semejantes, marcaban la pauta de la ingenua entretención. En otros momentos nos desplazábamos hechos un bólido con nuestras bicicletas por la calle, dejando en un Jesús el aliento de nuestras abuelas y tías que nos miraban.

En instantes de más soledad, especialmente en las soñolientas y más cálidas horas después de almuerzo cuando se imponía el programa “Hogar, dulce hogar” del comediante Eduardo de Calixto y elenco, el mundo se traducía en observar la vegetación del cerro San Cristóbal enmarcada en un cielo más azul que el de ahora, y que en la agitada fantasía de un niño pasaba a transformarse mágicamente en una modesta pero bien representada versión de la selva africana, con sus ruidos, colores y fieras que la habitaban ( el zoológico está allí mismo). Además, la voz grave y varonil de Julio Jung, el actor, convencía por ese entonces en su papel de Tarzán de los monos que se transmitía por la Radio Corporación, si es que no me equivoco.

Una situación especial, mezcla de misterio, espectáculo y por qué no decirlo, gallardía algo siniestra, era ver el paso de las negras carrozas funerarias coronadas por una gran cruz que se bamboleaba al ritmo del movimiento del carruaje y tiradas por un tronco de dos caballos oscuros las más veces, o por cuatro las menos, en que no se entendía como el auriga a cargo “no se hacía bolas” como dicen los cuates, con el gran enredo de riendas que sujetaba con diestra y recia mano.

Atrás, en el pescante posterior generalmente iba parado un tipo vestido de lacayo, muy enhiesto en su lugar y con la cara de circunstancia que ameritaba dicha posición.

Enternecedor y también perturbador resultaba ver pasar carrozas más pequeñas de colores blancos y custodiados por imágenes de ángeles en sus cuatro costados, destinadas a tiernos cuerpecitos de niños que al parecer el buen Dios los extrañaba demasiado y los había llamado prontamente a su vera.

Algunas tardes, un ruido como de carromatos sobre los adoquines primero y luego sobre el pavimento y debido a sus toscas ruedas con radios de madera, señalaban que los heladeros pasaban de vuelta de la fábrica cercana rumbo al frigorífico San Cristóbal tal vez en busca de trozos de hielo industrializado, lugar que hoy ocupa con soberbia de construcción moderna e imponente la posterior ampliación de la impersonal, algo clasista y ascéptica Clínica Santa María. Recibíamos las más de las veces la advertencia que esos helados los elaboraban con aguas sucias cuando nuestras miradas implorantes se dirigía a nuestros mayores y no se concretaba ninguna transacción a nuestro favor…









¡Mi querido barrio! Es notorio que el paso apresurado e inclemente de las hojas del calendario te ha cambiado. ¡Estás tan diferente ahora! ¿Dónde se fueron todas esas voces de niños jugando a la pelota, o andando en bicicleta, las de nuestros adultos llamándonos a comer dentro de las casas? ¿Qué se hizo el verdulero de la esquina de la botica, el Ciro, que llegó vendiendo barato y después cambió? ¿La niña que veía pasar desde lejos sin animarme a hablarla y que vivía en los edificios de Sta.María frente al parque Balmaceda y nunca supe cómo se llamaba? ¿ De las tardes grises de invierno en que mientras las gotas de lluvia resbalaban por los tejados, y las gallinas en el gallinero se recogían en sus palos a dormir, dentro de casa se preparaba la generosa lumbre de un brasero al que se le echaba un puñado de azúcar para el olor y se desgustaba un rico pan amasado o tortilla al rescoldo? ¿De todos los rapazuelos y chiquillería que pululaban por el sector junto a sus mamás camino al colegio o “al centro”, o del Marcelo quién vivía en la otra cuadra con su linda hermana mayor y sus padres que ayudaban en la misa dominical? ¿Las vecinas de enfrente que solicitaban llamar por teléfono y que facilitaban la revista Vea con los crímenes y asesinatos de la temporada, o las niñas que caminaban acompasadamente por las calles del sector con sus grandes bolsones repletos de cuadernos y sueños adolescentes del colegio María Inmaculada? ¿ la Miss Helena, sus hijas, el Álvaro, la gordita Jeannina de la botica de la esquina, el carretonero del caballo blanco que pasaba vendiendo verduras y hortalizas todas las mañanas, la Srta.Georgia, la Nana del Pedro, el Pimbe, el Jaime Valenzuela y sus autitos miniatura, los peleones de los conventillos de la calle Constitución, el zapatero de “el Gato Negro”, los “Coléricos de la nueva ola” que se apostaban en el frente de la casa de la vieja Ossa y tantos, tantos otros?

Un dolor ácido, sordo y permanente me invade cuando veo esas casas que más allá de los valientes propósitos de limpieza que los pocos habitantes que aún se mantienen ahí y tratan de conservar, están mancilladas por escrituras (si es que se les puede llamar así), graffittis y marcas de pintura que termocéfalos, cretinos, imbéciles eternos y cultivadores del feísmo, muy propio de chantas y flaites que nos ahogan en estos tiempos en aras de una supuesta diversidad impulsado por algunas tendencias políticas, tienen arruinados algunos sectores de esta gran ciudad de Santiago del Nuevo Extremo.

Justamente el permanente atractivo de estas callecitas arboladas tan pueblerinas, con un ligero aire cansino en el caminar de sus habitantes, era la digna decencia que las fachadas mantenían, dándole así al entorno, una dimensión más humana, más íntima, más identificativa con sus habitantes, en que todos de alguna forma se conocían o ubicaban.

Ahora al menos, en algunas fachadas, se trata de mantener cierta originalidad al ser pintados verdaderos murales, muchos de ellos realmente artísticos de vivos colores e inquietantes diseños que pondrían pálidos de envidia a los habitantes de la porteña callecita de “Caminito”.

Barrio de Bellavista, dondequiera esté o vaya, te llevaré incrustado en mi alma, mente y corazón. El corazón en un puño por los avatares de la pública escuela de la vida, pero que al abrirlo, allí estarás florecido con lo mejor de mí, de mis recuerdos y mi esperanza.




Santiago, Diciembre del 2011.